Parábola del pescador

El cuento que discute el plan de vida diferida: de dónde viene, qué defiende exactamente, y en qué se le puede pedir cuentas.

Este cuento pone en cuestión un trato que casi todo el mundo ha aceptado sin haberlo negociado nunca: trabajar mucho ahora para vivir después. Se cuenta en dos páginas, no necesita explicación y funciona porque la conclusión la saca quien escucha, no quien narra. Por eso aguanta contarlo delante de un comité de dirección sin que suene a autoayuda.

Yo lo leí en La semana laboral de 4 horas, de Tim Ferriss, y la versión que va aquí abajo es mi propia adaptación. Después del cuento explico de dónde sale, qué está discutiendo con precisión, y qué partes del argumento no se sostienen cuando se miran de cerca. Esto último importa: una parábola que solo se aplaude no sirve para decidir nada.

La parábola

Un hombre de negocios estadounidense se fue de vacaciones a un pueblecito costero de México, obedeciendo órdenes de su médico.

Como no podía dormir tras recibir una llamada urgente de la oficina a primera hora de la mañana, fue dando un paseo hasta el muelle para tomar el aire.

Una pequeña barca con un único pescador acababa de atracar. Dentro había varios atunes de aleta amarilla de gran tamaño. El estadounidense felicitó al mexicano por la calidad de su pescado.

-¿Cuánto ha tardado en cogerlos? -preguntó.

-Sólo un ratito -contestó el mexicano en un inglés sorprendentemente fluido.

-¿Por qué no se queda más tiempo y pesca más? -siguió el estadounidense.

-Tengo suficiente para mantener a mi familia y dar algunos a mis amigos -dijo el mexicano mientras los pasaba a una cesta.

-Pero… ¿qué hace el resto del tiempo?

El mexicano le miró y sonrió.

-Me levanto tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, me echo la siesta con mi mujer, Julia, y voy al pueblo todas las noches dando un paseo, donde bebo vino y toco la guitarra con mis amigos. Tengo una vida plena y ocupada, señor.

El estadounidense se rió alzándose cuan alto era.

-Señor, soy licenciado en administración de empresas por Harvard y puedo ayudarle. Debería pasar más tiempo pescando y, con las ganancias, comprar una barca más grande. En poco tiempo, podría comprar otras barcas al ser mayor la redada. Con el tiempo tendría una flota de barcos de pesca. En lugar de vender lo que faene a un intermediario, lo vendería directamente al consumidor, hasta abrir su propia enlatadora. Entonces tanto la adquisición del producto, como el procesamiento y la distribución estarían en sus manos. Tendría que marcharse de esta pequeña aldea costera de pescadores, claro, y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y más tarde a Nueva York, desde donde dirigiría su empresa en expansión con un equipo directivo en condiciones.

El pescador mexicano le preguntó:

-Pero señor ¿cuánto tiempo llevará todo eso?

A lo que el estadounidense respondió:

-Quince o veinte años. Como mucho veinticinco.

-¿Pero luego qué, señor?

El estadounidense se rió y le dijo:

-Eso es lo mejor. Cuando llegue el momento, anunciaría su salida a bolsa y vendería sus acciones al público, haciéndose muy rico. Ganaría millones.

-¿Millones, señor? ¿Y luego qué?

-Luego se jubilaría y se mudaría a un pequeño pueblecito costero, donde se levantaría tarde, pescaría un poco, jugaría con sus hijos, se echaría la siesta con su mujer, Julia, e iría al pueblo todas las noches dando un paseo, para beber vino y tocar la guitarra con sus amigos…

De dónde viene

La parábola circula desde hace décadas en versiones muy distintas —el pescador es mexicano, brasileño, griego o filipino según quién la cuente— y en casi todas se presenta como una historia popular sin autor. La versión escrita más antigua que suele señalarse como origen es Anekdote zur Senkung der Arbeitsmoral, un relato breve de Heinrich Böll de 1963, escrito para una emisión radiofónica del Primero de Mayo. Allí el pescador dormita en un puerto europeo y quien le interpela es un turista con una cámara, pero la escalada del razonamiento y el final son exactamente los mismos.

Ferriss la recuperó en 2007 para abrir el argumento de La semana laboral de 4 horas, y ese es el sitio donde la mayoría la hemos leído. El cuento es anterior al libro, y esa distancia de cuarenta y cuatro años es parte de lo que lo hace interesante: el problema que describe no lo trajo la hiperconectividad ni el correo electrónico. Ya estaba ahí cuando la jornada terminaba al salir de la oficina.

Qué está discutiendo, con precisión

El cuento tiene tres argumentos dentro, y conviene separarlos porque no todos son igual de sólidos.

El primero es el plan de vida diferida. La propuesta del ejecutivo consiste en aplazar veinticinco años una forma de vivir que el pescador ya tiene disponible hoy. Puesto así se ve el defecto de inmediato; puesto en una carrera profesional real, con ascensos, hipoteca y un proyecto que siempre termina el trimestre que viene, no se ve casi nunca. Ese es el trabajo del cuento: hacer visible una estructura de decisión que normalmente queda por debajo del nivel de conciencia.

El segundo es la diferencia entre ingreso absoluto e ingreso relativo. Ferriss lo formula como una métrica: lo que importa no es cuánto se gana al año, sino cuánto se gana por hora de vida entregada. Es una idea que se puede calcular, y calcularla suele ser incómodo. Cuando se le suman al numerador el desplazamiento, la disponibilidad fuera de horario y las horas que no se facturan pero se piensan, la cifra que sale rara vez coincide con la que figura en el contrato.

El tercero es el control sobre las cuatro variables que Ferriss enumera: qué se hace, cuándo, dónde y con quién. Su tesis es que la riqueza está en el control de esas cuatro, y no en el saldo. El pescador las controla las cuatro. El ejecutivo, en el mejor de los casos, controla la primera.

Y hay un cuarto elemento que el cuento no formula pero da por supuesto: el pescador sabe cuánto necesita. Ha hecho el cálculo. Casi nadie lo ha hecho, y sin ese número la conversación sobre cuánto trabajo hace falta no puede ni empezar.

Dónde no llega el cuento

Una parábola no es un plan, y esta tiene al menos tres cosas que no cubre.

No cuenta el riesgo. El pescador tiene ingresos suficientes hoy, con una barca, un cuerpo sano y un caladero que da atún. El cuento no dice qué pasa con una lesión de espalda, con dos temporadas malas o con la educación de los hijos. La versión del ejecutivo, con toda su desproporción, sí está construyendo un colchón. Ignorar eso convierte el cuento en una excusa cómoda.

No dice cómo se llega. Cal Newport hizo esta crítica al libro de Ferriss y sigue siendo la más difícil de responder: antes de poder canjear una habilidad por libertad de horario, hay que haberla construido, y eso suele exigir años de la semana laboral larga que el cuento ridiculiza. El pescador es bueno pescando. Esa parte no aparece en escena.

Y no es aplicable tal cual a la mayoría de los puestos. El marco de Ferriss exige control sobre el flujo de ingresos. Quien tiene jefe puede eliminar tareas, pero no puede automatizar ni deslocalizar su puesto; y la parte de su método que se apoyaba en pagar cuatro dólares la hora en otro país arrastra un problema ético que él nunca terminó de responder. Ese tramo del libro envejeció mal.

Lo que queda en pie después de todas esas objeciones es el criterio, y el criterio es lo valioso. El cuento no propone dejar el trabajo ni irse a un pueblo costero. Propone hacer una pregunta antes de aceptar la siguiente ronda de esfuerzo: si el plan sale bien, ¿qué se hace con el resultado? Cuando la respuesta describe algo que ya está al alcance sin el plan, el plan sobra.

Qué hago con esto en una conversación real

Uso este cuento como apertura, casi nunca como cierre. Sirve para instalar la pregunta —para qué— y a partir de ahí la conversación se vuelve concreta muy deprisa: cifras, calendario, qué se delega, qué se deja de hacer.

Dos piezas de esta web continúan por ahí. La evolución de la productividad personal sitúa a Ferriss dentro de sesenta años de métodos y explica qué resolvió cada uno y qué dejó abierto. Y El método Merlín: retroplan es el ejercicio que uso para convertir esa pregunta en algo escrito y con fecha, que es donde una intención empieza a comportarse como una decisión.

Si lo que aparece al hacer la pregunta es cansancio en lugar de una respuesta, el sitio al que ir es otro: El cansancio que el fin de semana no arregla . Y si lo que aparece es la sospecha de que buena parte del esfuerzo se va en parecer ocupado, está tratado en El espejismo de la ocupación .

La parábola no da un método. Da el criterio que decide si un método merece la pena, y ese orden —primero para qué, después cómo— es el que ordena toda esta categoría. El mapa completo está en Del conocimiento a la sabiduría .

Fuentes